Tan sólo un instante, tan efímero, tan fugaz. . .
y tan eterno.
y tan eterno.

El niño miraba absorto, arrobado, el reloj que lucía la humilde vitrina del pequeño salón y que había pertenecido a su abuelo. Todos los días lo contemplaba con extraña admiración y deseo de que un día fuera suyo. Como así sucedió cuando cumplió dieciocho años. En el chaleco lo llevaba, cuando conoció en el baile a la dulce muchacha que sería su esposa y que embelleció su vida con tres hijos. Uno de los cuales le dio, en su soledad, al nieto más avispado que podía soñar y que, en su adolescencia, se encontraba mirando en una vitrina, del lujoso salón, ese reloj del abuelo que, quizá un día, luciría como el más preciado tesoro.
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