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INOCENTES CRIATURAS

Relato


UNA CIUDAD VACIA



Le faltaba el aliento y notaba cómo se le iba la cabeza. Sudoroso, paró por unos momentos, doblándose sobre sí mísmo y apoyando las manos en sus rodillas, cogió un poco de aire que le permitiera seguir hacia su objetivo; la casa de Adriana.





Se incorporó, miró a su espalda para cerciorarse de que no había nadie, volviéndo a proseguir la marcha, primero lentamente y luego, poco a poco, hasta adoptar un ritmo estable conforme iba notando cómo volvían los músculos a sus piernas.

Las calles estaban solitárias. No deambulaba más que el vacio y el silencio, roto por el sonido de sus pisadas. Aquella sensación le hizo acelerar el paso.

Se detuvo de nuevo casi bruscamente. Observando con atención hacía donde le había parecido escuchar un ruido.

Observó cómo entre unos contenedores de basura, iba apareciendo, reflejada contra el escaparate de una pizzería ahora cerrada, la silueta de alguien, cuya sóla imagen estremeció su alma; se trataba de una hermosa joven, de apenas catorce años que se dirigía hacia él, directamente.

Se fijó en que llevaba algo en una de sus manos. Le pareció… ¡qué horror!! Era un brazo desgajado y sangrante. Miró la cara de la chica… y su sonrisa; sin duda provocada por el bocado reciente y jugoso. La sangre caía por sus labios, manchando su inmaculado vestido blanco.


era un brazo desgajado y sangrante

Sus pasos resultaban grotescos. Iba descalza de un pie y calzada con un zapato de medio tacón en el otro, lo que provocaba una extraña forma de andar, de la que parecía no darse cuenta.

Sus brazos estirados hacia él, parecían querer darle un abrazo, que intuía de consecuencias más que previsibles.

La risa de ella, que se le antojó divertida, hizo que echara a correr de nuevo, esquivando a la chica.

Ya no podía más! Notaba el pulso acelerado y su corazón a punto de salírsele por la boca. Tenía que llegar a tiempo para solucionar el problema.

Por fin llegó delante de la puerta de Adriana, su mujer. Confiaba en que todo allí estuviera bien y controlado.

Llamó, casi sin resuello, al timbre, observando a izquierda y derecha la vacía calle.

La hoja de la puerta se abrió, y una niña de apenas ocho años, recortada en el umbral, con los ojos más grandes y preciosos que recordaba le saludó con la voz más dulce que se pudiera escuchar;

- Hola papá!!

- Y la mamá?

- Ha ido a casa de la vecina hace un rato. ¿Lo has traído, papá?

Le extrañó que su mujer hubiera dejado solos a tantos niños pero sonriendo, sacó de su bolsillo una llave, que entregó a la niña, quién corriendo de nuevo hacia el interior de la casa, comenzó a gritar…

- ¡Ya la tenemos!! –

Y una turba de enanos alborotadores, gritones y zombies comenzó a seguirla incondicionalmente, mientras la niña abría la puerta de la bodega, donde todo estaba preparado para su fiesta de muertos vivientes, con la llave que su padre se había olvidado en la guantera del coche, a dos manzanas de allí, frente a su oficina.

Tom se tumbó en el sofá, asombrándose de que a los niños les gustaran aquellas historias tan desagradables de Halloween.

Escuchó el timbre de la casa y oyó la voz de la hija de Walter, el vecino… ¡vaya pinta!! Y con el brazo aquél ¡qué macabra imaginación!!

Notó cómo el sopor le invadía. Era domingo y tenía tiempo de sobra para una buena siesta antes de la cena.



Ello le impidió ver cómo un nutrido grupo de niños, encabezados por su hija, comenzaban a rodear, en absoluto silencio e inquietante sonrisa, el sofá.




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