Relato
"Para que Satanás, el embaucador, no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones" (Pablo, Corintios 2:11).
Al anochecer, las luces de la calle junto a las multicolores que emanaban de los escaparates, ofrecían un espectáculo que embriagaba los sentidos.María y Antonio paseaban, como tantas tardes, cogidos de la mano admirando las hermosas cristaleras de Sunset Boulevard en Los Angeles. Uno de los enclaves preferidos de las féminas, que cada día se extasiaban con los miles de productos que se podían contemplar en los mismos. Desde bolsos y zapatos carísimos, de diseños imposibles, a vestidos de los mejores modistos con los complementos de ensueño que las joyerías exhibían sin recato del precio. Antonio señaló un precioso mueble de cocina que se mostraba en una de las tiendas de decoración. Se trataba de una encimera de mármol con una zona eléctrica de placas vitrocerámicas y otra para hacer comida a la plancha.
Antonio – contestó sin mirarlo -, estoy volviéndome loca. Mi reflejo no es mi reflejo. Es como si fuera el de otra pers…Un sordo gemido la obligó a volverse hacia su marido a tiempo de ver cómo éste la contemplaba con los ojos desmesuradamente abiertos a la par que bajaba la cabeza, incrédulo, hacia la roja mancha que se extendía como una onda de agua por su blanca camisa. No dijo nada; cayó de rodillas, muerto antes de que su cara se estrellara contra el duro asfalto tiñéndolo de su propia sangre. Mientras que María veía, sin oírla, cómo su reflejo, señalando a su marido, la miraba riendo histéricamente desde el otro lado del escaparate. Luego se acercó hasta el cristal y pegando su cara en una mueca patética y burlona, miró la mano de María fijamente para llamar su atención. Sólo entonces ésta, se dio cuenta de que llevaba el cuchillo en su mano, totalmente ensangrentado. Y comenzó a gritar con todas sus fuerzas.
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