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EL HEROE


Relato


 
 


Entré con movimientos pausados, como si fuera la entrada a un santuario. Un lugar que me ayudaba a recordar otros momentos vividos de mi juventud, en la incipiente alborada del hombre. De aquél que, rodeado de sus amigos, soñaba con hacer mundos mejores.


Me gustaba volver a aquel antro, y advertir que seguía lleno de muchachos deseosos de demostrar su hombría, entre gritos y cervezas, frente a una mesa de billar y con chicas que, sensuales y arreboladas, los enardecían con sus gritos.

Mucha madera y escasa luz, permitían que los momentos de descanso, sentado frente a la larga barra, aumentaran el placer del sorbo espumoso que aquella birra dejaba en mi boca.

Frente a mí, el espejo entre botellas que devolvía mi imagen en un rostro extraño, casi huraño, que me negaba a aceptar. Giré la cabeza a mi izquierda y allí estaba de nuevo. Sentado en la misma mesa y con la misma expresión que le vi hacía dos días. Volví a repasar su aspecto casi de mendigo, pero algo me decía que no lo era. Incluso tenía algo familiar que no lograba descifrar; cincuenta años, rostro escondido entre una descuidada barba. Un raido cuello de camisa emergente del cuello de pico de jersey y un ausente e inexpresivo semblante de tristeza derrotada, observando un vaso de vino, casi intacto, a modo de interlocutor.

De repente, noto un chasquido horrible en mi cabeza, que comienza a dar vueltas. Sujeto con firmeza la jarra del dorado líquido, y veo como la nada frente a mí, se transforma en un lugar distinto lleno de humo y tierra. Con unos personajes que comienzo a identificar fácilmente ya que uno es el hombre de la mesa y el otro... es un joven barbilampiño con ganas de comerse el mundo al que conozco bien, pues soy yo mismo.

El estruendo es ensordecedor. Observo que mi derecha del mostrador ha desaparecido convirtiéndose en un pavoroso campo de batalla. A lo lejos, algo que parece un poblado en llamas. Veo gente corriendo y gritando enloquecida. No entiendo qué hago allí. La cabeza me va a estallar del ruido.

-- ¡¡¡ ¡Vamos, vamos, vamos… al suelo!!! ― oigo que grita el hombre de la mesa, al que obedezco sin rechistar, tirándome en plancha sobre el duro suelo lleno de piedras. Entonces me doy cuenta de que llevo un arma entre las manos. Soy un soldado. Pero… ¿dónde me encuentro?

Probablemente en alguna guerra organizada, de esas que los hijos de puta de los gobiernos envían a morir a sus ciudadanos en aras de la defensa humanitaria. Cuando en realidad es puramente negocio lucrativo. Una guerra de esas a la que nunca van los que las provocan.

Me agacho... esa ha caído cerca… Dioos!!!!... Una esquirla ha golpeado mi casco con la fuerza de una locomotora. Noto que me mareo y me caigo al suelo. El cielo se convierte en mi techo. Apenas siento ni escucho los disparos. Veo una mancha oscura a mi lado… mi arma… la intuyo más que la veo… en el suelo a unos metros de donde me encuentro. Tengo que cogerla y defenderme. Veo sombras que siguen corriendo… no sé si son amigos o enemigos. Tiemblo, pero no es miedo... creo. Mis párpados pesan, todo me da vueltas. Ya casi no oigo nada.. No puedo coger mi fusil. No puedo moverme. Pero sé que no estoy muerto.

De repente noto cómo me elevo del suelo. Me quedan fuerzas para distinguir al hombre de la mesa, que me abofetea mientras grita para hacerme recuperar fuerzas.

― Venga, tío!!!!... despierta!!!..., no estás muerto, cojones!!!

Mientras me arrastra, mi cabeza queda colgando junto a su hombro justo para darme cuenta de que es un capitán. Mi subconsciente deja la jarra de cerveza despacio en el mostrador, sin apartar la mente de la realidad ficticia que vislumbro no es tal.

Mis botas apartan las piedras que encuentran por el suelo, levantando el polvo de la supervivencia apresurada. Un estruendo pavoroso da vida de nuevo a mis oídos y noto cómo caigo al suelo de manera brusca y casi grotesca al sentir mi boca llena de tierra que se mezcla con mi sudor. Veo al hombre de la mesa, casi encima de mí, protegiéndome con su cuerpo. Está ensangrentado en un brazo. Noto su sangre en mi boca. Pero se levanta y me alza, esta vez sobre su hombro. No puedo hablar, Ni ayudarlo a hacerle más llevadera mi carga. Sólo dejarme llevar.
 

― Ya los tenemos!!!!... Teniente, acerque la ambulancia junto al muro!!!! ― Gritos distantes y manos que me izan cómo a un muñeco inanimado.

Silencio. Miro a mi lado. Ahí está el hombre que me ha salvado la vida. Le voy a…

― Señor, ¿se encuentra bien?

Abro los ojos. Parpadeo. Por unos momentos me siento desorientado. No estoy en ningún campo de batalla. Enfrente de mí tengo al camarero del bar.

― Sí, gracias. Estoy bien ― sonríe comprensivo y se aleja para atender a otro cliente.

Giro la cabeza y ahí sigue. Llamo de nuevo al camarero.

― Disculpe ¿sabe quién es? ― le pregunto señalando la mesa, donde se encuentra sentado el hombre de mis recuerdos.

― Sí. Es un militar condecorado. Un héroe de guerra.

― No lo parece ― contesto sorprendido, mientras mi mente va emparejando mis recuerdos con la realidad.

― Hace dos meses que volvió de Afganistán y se encontró con que a su único hijo le diagnosticaron leucemia.

― Trágico ― respondí instintivamente.

― Lo es ― respondió el camarero mientras secaba un vaso

― Está esperando un trasplante que no llega. Creo que le quedan semanas de vida. Está desesperado.

― Motivos tiene ― contesté mirando discretamente a la persona protagonista de nuestra conversación, inalterable en su tristeza.

― Viene aquí para olvidar una guerra que no controla.

Expresó filosóficamente el de la barra.

― Entiendo. Por favor, póngame otra cerveza ― sonreí al camarero, dando por finalizada la conversación.

Mientras bebía despacio, mi cabeza bullía como el agua hirviendo. Y como si fuera un avance en campo enemigo, sopesé los riesgos de la decisión que acababa de tomar, para intentar salvar la vida de alguien. Alguien a quién aquel hombre no podía cargar en sus hombros y alejarlo del peligro, como había hecho conmigo.

Me levanté y me dirigí hacia la mesa hasta ponerme delante de él. Ni siquiera reparó en mi hasta que mis palabras rompieron el silencio.

― A sus órdenes, mi capitán.

Su rostro se elevó lo suficiente para observarme de reojo. Bebió un sorbo del vino y volvió a mirarme para preguntar hoscamente.

― ¿Qué quiere?

― Tenemos una misión que cumplir, y en ésta ocasión seré yo quien le saque del fuego enemigo ¿puedo sentarme?

Nuestras miradas se mantuvieron, por unos instantes, fijas el uno en el otro hasta que con un gesto de la mano, me indicó que lo hiciera. Supe que me había reconocido.

Y antes de comenzar a hablar, los dos ya sabíamos que de nuevo, juntos, intentaríamos ganar en aquel extraño campo batalla, que era la vida.

 


















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Ríos Ferrer es autor de la novela
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2 comentarios:

  1. Uf, un triste, real y bonito relato Enrique. Tienes algo escribiendo que me emociona. Siempre es asi. Te felicito por deleitarnos con èl. Un abrazo amigo.


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    1. Muchas gracias, Mercedes. Como siempre, un placer verte por ésta tu casa. Otro para tí.

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