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EN LA NOCHE OSCURA DE LOS DESVELOS


Relato


No es el azar quien te ha traido hasta aquí...

                   ...Es tu destino











 





 

    Te avisé !!


En la noche oscura de los desvelos, cuando la claridad se hace sombra y la entereza; miedo, un hombre de personalidad ignota, ademanes cautos y cojera evidente, que le obliga a arrastrar su pie en quiebro extraño del tobillo, se atreve a caminar por la sombría calle de la ciudad que parece abandonada. Luces de gas apagadas, inertes. Adoquines sin la vida de veloces carruajes marcados en su superficie; de cocheros sin caballos; de latigazos sin grupa. Su abrigo, hecho jirones, no le resguarda de la fina lluvia que parece no importarle. En su mano, un cuchillo cuya hoja de gran tamaño, ha perdido su brillo plateado en aras del inquietante ensangrentado de su superficie, desde donde resbalan gotas carmesí que manchan, diluyéndose, el húmedo suelo a su paso. Sigilosamente, llega al vetusto edificio abandonado de la angosta calle, que lo acoge con graznidos en sus goznes de la entrada, como macabra melodía de cortesía al visitante, quien, sin volver la cabeza y penetrando en el mismo, asciende los viejos escalones de madera que crujen por las pisadas que levitan sobre ellos. Llega a la primera planta y empujando la puerta entreabierta, atraviesa el despintado corredor, y desde él, a un dormitorio, cuyas sábanas revueltas, acomodan el cuerpo sin alma de una joven de largos cabellos, mirada desencajada y camisón que fuera blanco, que muestra las enormes manchas rojas del fluir escapado, y arrebatado, de la vida. El hombre, como si no viera a la muchacha, deja caer el cuchillo al suelo y contemplándose en el roto espejo que hay junto al tocador y que soportan lateralmente, dos carcomidas columnas estriadas de madera, comienza lentamente a despojarse de toda su ropa, dejándola caer encima del acero tornasolado, que queda oculto en su tragedia. Sus manos no sienten los tejidos de los que se desprende. Su mirada perdida, fria como un cadaver, no ve, pero se siente observado. Gira la cabeza, muy despacio hasta que sus ojos quedan mirando fijamente los tuyos. Escruta tu rostro, tus facciones, y con una mueca que quiere aparentar sonrisa, vuelve a prestar atención al espejo que refleja su silueta desnuda, que desaparece, paulatinamente, en la nada. No sin antes comprobar cómo la mujer asesinada se levanta, y extendiendo sonriente su mano, coge la del hombre, para acompañarle en etéreo viaje. Un seco, y estruendoso golpe de aire, que intenta cerrar la desvencijada puerta de la habitación, sin conseguirlo, pero hiriendo un poco más la otrora madera noble, retumba en el silencio de la noche, sellando, como muda carcajada, la visión de los amantes que, mirándote, se van alejando hacia el infinito.
 
Cuenta la leyenda que el fantasma asesino se reaparece en las noches cerradas, oscuras y sin estrellas, en las casas de la gente que sabe de su historia. Esta historia que acabas de leer.

Y que cuando sale de las mismas, vuelve a llevar su cuchillo ensangrentado.


Amigo lector, si por la noche, en tus estancias, notas un estremecimiento que recorre en escalofrío tu espalda… no vuelvas la cabeza, ni te pares... ¡¡CORRE!!





 

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