Translate

JAMLET

Relato
 
HAMLET
(fragmento del monólogo) Acto III, escena I
 
 Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro.
Morir: dormir,nada más.
Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable.
Morir, dormir: dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia.
Pues, ¿quién soportaría los azotes e injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal?
¿Quién lleva esas cargas, gimiendo y sudando bajo el peso
de esta vida, si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes que huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes,
el color natural de nuestro ánimo
se mustia con el pálido matiz del pensamiento,
y empresas de gran peso y entidad
por tal motivo se desvían de su curso
y ya no son acción.

William Shakespeare
 
 
 
JAMLET

 

En realidad se llamaba Amelio Letona Mateo, pero todos en el pueblo, y desde que era pequeño, le llamaban, en una adaptación “perfecta” al idioma, “el Jamlet”. En extraña pirueta de su nombre con el primer apellido. Algo que él aceptó, desde siempre, sin más profundidades.

Amelio, “el Jamlet” no había conocido otro mundo que el rural, representado por su pueblo. Una humilde aldea, construída en la hondonada de un verde y precioso valle del norte.

Vivía del pastoreo como tantos otros, pero Amelio desarrolló una característica a la que estaba abocado por su mote. Y esa cualidad se llamaba; Shakespeare.

Sí, han leído bien. William Shakespeare. Y como no podía ser de otro modo, se enamoró de una de sus obras; Hamlet. Pero eso será más adelante. Volvamos de nuevo a la aldea.

Las buenas gentes del pueblo se acostumbraron a verlo, desde pequeño, con un libro de imágenes de animales en las manos.

De hecho, el único libro que tenía, pero que gustaba de leer - o encontrar algo nuevo escudriñando en sus imágenes -, cuando estaba con las ovejas, sentado sobre cualquier risco, y dejando que la hermosa naturaleza, fuera el marco incomparable de su lectura.

En la escuela del pueblo fue un chico travieso y poco aplicado, para el que estar sentado en clase, atendiendo al profesor, era un verdadero suplicio, y uno de los peores momentos del día.
En cambio, era poseedor de una memoria prodigiosa que le servía para memorizar los temas y aprobar los exámenes sin retener mucho los conceptos. Excepto  cuando tocaba literatura... y leer.

Sobre todo se esforzaba por no leer como un papagayo.

Leía bien. Muy bien. Empleando los tiempos adecuados y las cadencias correctas. Lo que le representó, en muchas ocasiones, que don Anselmo, el cura, un hombre de mediana edad e infinita paciencia, lo llamara para leer algún pasaje bíblico en misa y también, en tardes que se le hacían larguísimas, el Santo Rosario a las beatas del pueblo.

Un día, don Anselmo, le trajo un regalo de la capital por su catorce cumpleaños. Envuelto en papel de colorines y un lazo acogiéndolo por sus cuatro costados.

Amelio, con sus grandes y espabilados ojos, miro primero el paquete, y luego al cura.

-        ¿Es para mí?

Don Anselmo asintió en silencio con una sonrisa, mientras se quitaba la casulla.

Estaban en la sacristía de la iglesia. La misa había terminado con un Amelio vestido todavía de monaguillo, con faldón rojo y estola inmaculadamente blanca, punteada de encaje. Su mediana estatura, le hacía parecer más niño.

Con sumo cuidado, deshizo el lazo y abrió, con exasperante lentitud, el paquete, sin romper el papel, y extendiéndolo con las manos encima de la mesa. Lo que le permitió descubrir lo más bonito que había visto en su vida.
 
Lo cogió con delicadeza y medio hipnotizado, leyó la única palabra que estaba grabada en la cubierta de piel, con letras doradas; “HAMLET”. Y un poco más abajo; “del dramaturgo WILLIAM SHAKESPEARE”

Sin decir palabra, y sin retirar la vista, volvió a releer el título… “Hamlet”. Mientras lo acariciaba con su mano y lentamente ascendía la mirada emocionado, hasta encontrarse con la de don Anselmo, quien sonreía satisfecho.

-        Qué bonito!!

Y añadió en voz baja.

-        Me gusta porque se llama como yo.

-        Así es. En realidad, tú te llamas como él.

Y le contó, a grandes rasgos y como si fuera a un adulto, los valores de la amistad y la desgracia, que merodeaban en la obra. Amelio mientras lo escuchaba, seguía acariciando la cubierta y los nervios del lomo, que lo embellecían.

De camino de vuelta hacia su casa, se encontró con varios amigos, que le pidieron de jugar con ellos. Y él, apretando el paso y el libro, negó, excusándose en el yantar de los conejos.

Su viuda madre estaba en la cocina y apenas le dio tiempo a preguntar nada tras el beso obligado de llegada.

-        ¿Todo bien hijo?

-        De maravilla, mamá. Voy al corral a ver las gallinas!

Su madre meneó la cabeza comprensiva sonriendo. Aquél era uno de los sitios favoritos de su hijo, sentado en el suelo entre gallinas y conejos.

Amelio se sentó, y depositando con cuidado el libro entre sus piernas, lo abrió despacio y comenzó a leer. La letra capitular del inicio, le mantenía como hipnotizado por su hermosura. Y las que la seguían, le parecieron las más bellas palabras que se podían expresar.

Palabras que aprendía y recitaba luego a su madre o al señor cura, quienes lo atendían con dulzura, y también con la santa paciencia de lo ya escuchado.

Pasaron los años y cumplió treinta. Su madre,  ya no estaba. Y  él, se había convertido en un próspero ganadero y agricultor de la zona.

Trabajador y ahorrador como el que más. Sólo se le conocía un amor; Shakespeare. Y sobre todo; Hamlet.

Llegó a ser tanta su pasión, que llegó a memorizarlo casi al pie de la letra. Incluso, en una ironía consciente, llamó a su casa, “el lar de Jamlet”

Por supuesto era su libro de cabecera. Y de él aprendió a discernir entre amistad y traición.

Don Anselmo, el cura, gustaba de escuchar pasajes en la voz del muchacho. Tanto, que un día en la capital, lo apuntó a un festival que sobre el autor, organizaba una asociación shakesperiana.

Amelio causó furor con su perfecta dicción del famoso monologo y su emotiva transmisión de las inmortales palabras. Tanto, que los aplausos de los asistentes, puestos en pie, consiguieron asomar el rubor a sus mejillas.

Y aquél día, Amelio, recibió su segundo gran y mejor regalo de su vida. La novela en piel de ”Romeo y Julieta”. Y no lo fue por la obra imperecedera, que ya albergaba en su casa junto a otros títulos del dramaturgo inglés, y que poco a poco había ido adquiriendo. Lo fue por la preciosa joven, perteneciente a la asociación literaria que había convocado el evento, y que con sus preciosos ojos verdes, cautivó de inmediato su corazón, al entregarle el libro por su participación.

La boda se celebró entre el jolgorio de sus amigos, y la timidez arrebolada de amor de los contrayentes.

Y por las noches, junto al fuego,  ella gustaba que le leyera pasajes de Romeo y Julieta, o de cualquier otra obra, que escuchaba extasiada con adoración hacia su amado, al transportarla a otros universos.

La vida les premió con cuatro hijos maravillosos, y largos años de convivencia, en salud y amor.

Hasta que un día, y tras dura enfermedad, ella notó la tristeza de la marcha inmediata.

-        No te preocupes, amor mío. He sido feliz, y ésta es sólo una pausa en el camino, hasta que volvamos a encontrarnos.

Pidió un beso de partida, y le entregó su último aliento.

Lo devolvieron a la tierra y el escultor colocó sobre la losa, una pequeña imagen en alabastro, representando un libro abierto, con una inscripción.

Su esposa, sus hijos y sus amigos, acuden una vez al año, donde descansa Amelio, y allí, de pie, recitan pasajes de Hamlet en su honor. Sin olvidar el monologo que da inicio a éste relato, y que aquél buen hombre, sabía transmitir con emoción a quien le quisiera escuchar.

En las páginas del marmóreo libro, divididas por una perfumada rosa roja, que nunca falta, puede leerse;

“Ser o no ser. Amelio Letona Mateo... Fue”



.
 
 
.

PECADO

RELATO   



No soy dueño de mí mismo,
ni voy donde a mí me agrada. 
Atado llevo el deseo,
al filo de tu mirada.
 
Salvador Rueda
                                               

 
 
PECADO

 

Mis pasos me llevaban sin remisión, como en castigo, a su lado. Quería evitarlo, pero no podía en la batalla perdida de antemano del deseo.

Sabía que la tentación de su carne, sería mi destrucción. Pero no me importaba, nunca me había sentido así y no quería evitarlo.

La bruma de la calle marcaba su silueta, la de mis sueños, mientras que los sentidos, invadían los recuerdos de sus lascivos pechos solazando aún mis manos, en la permitida ofensa. Cinco días sin sentir la mirada sensual que me atormentaba, a la par que me complacía en mis recientes soledades.

El abatimiento por la angustiosa ausencia de la dorada piel de su cuerpo entre mis dedos, me impedía pensar en nada que no fuera ella.

La boca la sentía seca y vacía de vida, emitiendo palabras subyugantes que se transformaban en extraños sonidos, al no encontrar su destino, en los oídos para las que eran pronunciadas.

Llamé a la puerta. La respiración ahogada. Y me abrieron sus transparencias, alterando mi renunciada hombría.

 
 
El pecado de su sonrisa me invitó a penetrar a la estancia en penumbra, mientras que un fuerte olor a incienso avivó mis instintos frente a la coherencia debatida y ya derrotada.

Me olvidé del mundo al sentir sus manos en mi cuello. Y  mi cuerpo, a través del roce de sus labios de seda, comenzó a disfrutar del néctar del goce de la pasión prohibida, recreando su recuerdo húmedo.

Fue entonces cuando las campanadas de la Iglesia dieron, en penitencia, las ocho. Cerré los ojos, ausentándome del tiempo, y dejando, que mis bajezas, invadieran el voto de castidad encerrado en mi mente. 

 

 
.

CHAMAN

Micro


Libérate de la cólera y el miedo y alójate en el amor para curarte. Porque el que teme sufrir, ya sufre el temor.

Proverbio chamán.





Ayahuasca era mi amigo, mi maestro de la existencia. Sus historias de magia, dejaban posos de añoranza cuando sus palabras florecidas llenaban los silencios. Sus ochenta y ocho años plenos de juegos de muerte y de cánticos que la burlaban,  alumbraron mi juventud y curtieron, sin embargo, mi espíritu de vida y de lucha como hombre. 

Hoy, mientras navego por el río Amazonas en mi pequeña barca de pescador, entre la hecatombe producida por el hombre y contra el hombre - y mientras esparzo sus hechizos en forma de cenizas al agua, que lo acoge como una madre -, recuerdo sus palabras, sabias y prudentes, que escuché pocos días antes de su partida hacia la eternidad;

"Cuando comprendas las razones del viento que golpea y acaricia a la vez, al poderoso árbol, sabrás escucharte a ti mismo "

 Adiós Gran Chamán.


.

COLORES EN EL AGUA (Una historia de amor) autor; Ríos Ferrer


Relato
 

Y cuando yo también vaya durmiéndome en tu amor, desnudo, deja mi mano entre tus pechos, para que palpite al mismo tiempo que tus pezones mojados en la lluvia.
 
Pablo Neruda. Poema de la lluvia (Rapa Nui)

 

Aconsejo escuchar éste enlace de fondo, en tono suave, mientras lea éste relato.


 

COLORES EN EL AGUA

 

Comienza a llover, transformando el seco paisaje, en naturaleza sobrevivida entre cemento. La lluvia borra del suelo mis pasos, volviéndolos inexistentes. Como si nunca hubiera transitado caminos. Como si nunca hubiera ido a ninguna parte. Pero se equivoca en su propósito, porque hoy me siento optimista al estar en mi primer día del resto de mi existencia. Mi informe médico en el bolsillo, así lo certifica.

Me cala el cabello, haciéndome sentir parte de ella, mimetizándome como agua que soy. Las gotas cristalinas parecen emociones diluidas cuando se deslizan por mi rostro, hoy agradecido y abnegado, gustosamente, a recibirlas. Veo gente que corre a resguardarse de la improvisada e inesperada lluvia, como si fuera amenaza del ser, que en mí, es vida. Aspiro con ansia el aire húmedo que llega a mis sentidos, que se convertirá luego en aromas y colores de Arco Iris. Pero eso será más tarde. 

Ahora será fácil enfrentarse a los elementos y combatir con eficacia a la adversidad. Esta vez es fácil. Sonrio… y abro el paraguas, dejando que una cortinilla de agua, marque el territorio íntimo de mi cuerpo al andar.

Pero en apenas segundos, de nada sirve mi estrategia contra el viento que arrecia y  empuja al agua, desviándola de su caída natural, haciendo que los cuerpos empapen agua del cielo, sintiéndose por unos momentos, ubicados en la naturaleza primitiva que fueron alguna vez.
 

 
El paraguas, inesperadamente, se vuelve del revés como las malas decisiones.  Y corro a resguardarme en un porche cercano - en el que toca, de pie e imperturbablemente su violín, un músico callejero con aspecto de viejo profesor, parapetado en su sombrero -, confiando en que amaine, y proseguir mi camino.

 
 
Alguien corre hacia donde me encuentro, luchando desesperadamente por controlar su artefacto casi convertido en recuerdo de lo que fue un elegante paraguas blanco. Lleva sus zapatos de tacón en la mano. Me aparto y dejo sitio a la sonrisa hermosa de princesa, a quien saludo cortésmente. Ella intenta componer adecuadamente el paraguas y yo la ayudo en su voluntarioso intento.
 
 
 
Tras unos minutos de intrascendente, pero agradable conversación - con fondo de czardas -, sobre zapatos y lluvia, la furia del agua se convierte en dócil llovizna. Me ha dicho su nombre y yo el mio. Nos hemos mirado a los ojos, y hemos intuido, inexplicablemente, que a veces los sentimientos están parapetados prestos para desencadenarse, con música húngara, un violín y bajo una lluvia que los propicie.  

Me extiende su mano que siento, durante unos breves segundos, como increíble caricia soñada, y contemplo cómo ella se aleja, crecida de nuevo en sus tacones,  mientras me dice adiós con la mano, en la que intuyo he depositado mi alma, dejando su sonrisa flotando en el maravilloso escenario en que ha convertido aquél lugar.

   Levanto la cabeza y cerrando los ojos, aspiro ese aroma especial que nace después de llover, indescriptiblemente limpio, que tanto me gusta porque parece que aún no se ha instalado la maldad.
 
   Dejo unas monedas en el estuche del violinista, que me sonríe educadamente cómplice. Y reemprendo el camino, acompañado por el recuerdo de sus refulgentes ojos verdes, que se convirtieron en esmeraldas bajo la lluvia.

Miro la nota en que he apuntado su teléfono para llamarla mañana. Es un día realmente precioso. Saludo a todo el mundo -sintiéndome como Gene Kelly -, a personas que devuelven mi saludo, anhelantes de hacerlo al recibirlo.
Será porque todos necesitamos una sonrisa en la incesante lluvia de nuestros propios sentimientos.
 
 
         No he podido comenzar mejor mi vida.

 

 

CENIZAS

No es más asombroso nacer dos veces que una sola,
pues todo en la naturaleza es un permanente renacer.

Voltaire





 

Broté, maduré, moriré y me desharé en la tierra que me vio crecer y sufrir...





...lo sé
Heredaré los pozos de sabiduría que pude atesorar, y despreciaré los amaneceres, no conseguidos, que quise soñar.

Vi la luz con lágrimas, y mi esfuerzo fue sudor.

El ardiente sol mi fuerza. La lluvia mi refugio.

El mar fue horizonte y su infinidad, evocación. Como su aroma, el mejor perfume.

Arena del desierto. Rocosidad insalvable. Piñón desprendido que huye de su rama.
 
Recordaré los poros de mujer de mis deseos realizados. Y las caricias anheladas por venir.

No despreciaré ser lo que viví, ni la flor por crecer.
Seré impacto cristalino del agua contra la piedra del cauce.

Y bucearé en las entrañas de la Historia, para descubrir la mía, arañándola en la bruma de la existencia.
Fortaleceré lo que fui con el seré. Lo inexistente con lo existido. Y paladearé la angustia por el amor carnal.
Las montañas serán caminos de esperanza a las ilusiones.
Resurgiré de mis cenizas, dejando que el aire las lleve.

Reiniciaré mi vida.

Ahora… ya sé.

EL RELOJ DEL ABUELO

Micro
 
 
 
Tan sólo un instante, tan efímero, tan fugaz. . .
y tan eterno.
 

 


El niño miraba absorto, arrobado, el reloj que lucía la humilde vitrina del pequeño salón y que había pertenecido a su abuelo. Todos los días lo contemplaba con extraña admiración y deseo de que un día fuera suyo. Como así sucedió cuando cumplió dieciocho años. En el chaleco lo llevaba, cuando conoció en el baile a la dulce muchacha que sería su esposa y que embelleció su vida con tres hijos. Uno de los cuales le dio, en su soledad, al nieto más avispado que podía soñar y que, en su adolescencia, se encontraba mirando en una vitrina, del lujoso salón, ese reloj del abuelo que, quizá un día, luciría como el más preciado tesoro.


.

DESDE UNA VENTANILLA DE TREN

Relato


Ojos vacios contemplando la nada en un periódico. Conversaciones trascendentemente intrascendentes. Gentes dormidas que viajan hacia lo mismo que han dejado atrás.

Nunca pensé que el vaivén del tren fuera también el de mi mente abocando a la cuneta del recuerdo mis vivencias apenas sobrevividas y ahora alojadas como experiencias traumáticas que incidieron en mi personalidad y en el desarrollo adecuado nunca completado.

Observo desganádamente a través de la ventanilla y me asombra el paralelismo entre la rapidez con que pasan los escenarios transformados del paisaje y los fotogramas que conformaron la película de lo que ha sido mi existencia hasta ahora.
Mis ojos se acostumbran a mirar las imágenes del paisaje sin verlas. Como a las escenas de mi vida sin vislumbrarme a mí como su protagonista. Languideciendo impotentemente cuando me rebelo a serlo en alguna de ellas que el tiempo ha marcado con la huella indeleble de las equivocaciones. Lugares, hechos y personas que no reconozco como propios. Sólo cuando el recuerdo es agradable e intenso, sonrío

El destino me permitió vencer en algunas, pero la derrota fue implacable en la mayoría sin ser yo consciente de ello. Hoy me pregunto adonde me habrían llevado las secuencias alteradas de mis decisiones si hubiera sopesado las consecuencias de mis acciones.

Quizá ni siquiera estaría viajando en éste tren. Quizá mi destino fuera otro. O quizá ni siquiera tuviera ya destino.





Me resistí a actuar en el teatro de la vida habiéndome aprendido correctamente el guión. No me dí cuenta de que el casting ya estaba hecho y había sido elegido sin remisión para la función en la que todos compartiremos el mismo final y bajada de telón.

Pero ni eso me arredró. No supe o quise mirar hacia atrás y ver las funciones de otros, ni siquiera para ver si servía para mejorar mi actuación, volviendo a caer en los mismos errores de interpretación. La egolatría sobre mis posibilidades empobreció el fotograma de vistosos colores ensombreciéndolo a grises.

Bajo la cortinilla de la ventana del vagón. Ya no me gusta el paisaje.

O seguramente, lo que ya no me guste, sea contemplar mi vida a través de la ventanilla de un tren aunque, como en éste caso, sea de largo recorrido.

Cierro los ojos, y como el resto, me dispongo a dormir hasta llegar al mismo destino del que partí.

La nada de ninguna parte

EL AGUILA

Relato





Siempre supe que algún día volvería a sentir
la hierba bajo mis pies y caminaría
bajo el sol como un hombre libre...
                                                               
                                 Nelson Mandela



























Veo pasar a la distancia prudente del temor y en vuelo por debajo del mío como en acto de sumisión, a un par de buitres. Despliego mis alas para que vean las plumas blancas de los extremos como advertencia de mi presencia pacífica pero sin provocar incertidumbres de autoridad

Me satisface volar y que me contemplen cuando planeo vigilante por encima de escarpados riscos o montañas. Mimetizarme con la piedra. Con el verde de los valles y contemplarme en el espejo de las aguas cristalinas de los ríos que me permiten admirarme.

¿Qué no soy modesta? Tampoco lo pretendo! Soy un águila

Símbolo de Emperadores que me llamaron Imperial en el fuego fatuo del artificio de sus vanidades. Reyes que magnificaron su imagen añadiendo la mía. Humanos implumes que me necesitaban para volar mucho más alto en sus quimeras.

Esbozo con penetrante mirada entre las hendiduras de la montaña al gamo que nunca sabrá que vive porque mi apetito lo he saciado con la rápida liebre que no supo serlo cuando más lo necesitaba.

Abro totalmente las alas para dejar mi cuerpo planear suavemente como si fuera una hoja del otoño mecida por el aire en su caída.

Me gusta escudriñar la tierra desde mi perspectiva privilegiada, sobrevolando la pequeñez del hombre en su jactancia a ras de suelo.

Disfrutar de espacios inalcanzables que sólo yo puedo paladear sobrevolando por encima de ellos. Me admiran pero mejor tenerlos lejos.

Es magnífico volar formando parte del cielo azul que me envuelve como un escenario para mi función diaria de vida. Hoy me siento especialmente feliz porque las lluvias terminan y llega el tiempo de volar recibiendo los rayos del sol como caricias cromáticas que pincelan de vistosos colores las montañas que habito.

Despliego las majestuosas alas y planeo de nuevo por maravillosos valles regados por las aguas de los ríos que entre cauces de piedras esculpidas por sus arrullos, discurren a sus pies.

Es grande sentirse águila, pero sobre todo saber que lo soy.

Ser consciente de mi fuerza y el respeto de la propia naturaleza amiga que me protege dándome cobijo en lugares inaccesibles a los perversos ojos humanos que lo destruirían por el mero placer de hacerlo.

La rabia al pensarlo me hace replegar las alas pegándolas al cuerpo dejándome caer velozmente en picado, desplegándolas en distancia inverosímil del duro suelo para planear en alarde mayestático hasta alzar de nuevo el vuelo, demostrándome a mí misma que soy fuerte y vigorosa.

Mucho más que ellos. Por eso quizá se nos dio a las grandes aves la facultad de las cimas alcanzables y a los humanos, como a las serpientes, reptar con sus pies por el suelo.

Diviso la piedra de la vida. La llamo así porque posarme sobre ella con mis fuertes garras, sintiéndome en la cumbre, hace que me sienta poderosa.

Descanso avizora de la prudencia y allá voy de nuevo. Ante mí, el horizonte; a mi alrededor, la belleza de las montañas; en mis plumas, el aire fresco de las alturas

Unas nubes oscurecen por unos momentos el sol que da vida a mis ansias y un halo de tristeza se apodera de mi ánimo haciéndome sopesar si ésta vida es la que hubiera elegido de poder hacerlo. Detengo mi vuelo en el risco saliente de cantos agresores que domino con mis garras.


Es grande sentirse águila

La incertidumbre dura segundos. Los que tarda en aparecer el rutilante astro tras el telón blanco de algodón. Yergo la cabeza altiva. Cualquier día de mi vida es un canto a la naturaleza que no disfruta ningún otro ser en el mundo que la cobija.

Ni siquiera el hombre. El ser más codicioso y absurdo que existe sobre la faz de la tierra. Un ser que no se conforma con los dones que la naturaleza le ha otorgado.

El único ser creado que quiere correr más veloz que el gamo y volar más alto que nosotras las aves. Utilizando artilugios que a veces evito, divisando cómo están encarcelados dentro los que pretenden ser libres.

El hombre nunca se integra con la naturaleza a la cual pertenece porque siempre está encerrado en las prisiones que él ha creado llamándolas bienestar o evolución; aviones, coches, casas, religiones, política, obligaciones…

Me da pena

Alejo mis pensamientos del que es mi gran enemigo depredador. Aquél que naciendo libre se debate toda su vida en evitar las cadenas que a sí mismo se impone.

Contemplo el espacio infinito ante mí. Estiro mi cuerpo sintiéndome de verdad Imperial, majestuosa. Tomo un apenas imperceptible impulso con mis músculos y me lanzo al vacío de nuevo. A lo que verdaderamente es mi hogar.




 

Despliego mis alas y me dejo llevar por la brisa que acaricia mi plumaje y mis ansias por vivir. Mi única realidad y presente.

Soy un águila. Con un único e inalterable credo por encima de todo y al que nunca renunciaré...


¡ Ser libre !!