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JAMLET

Relato
 
HAMLET
(fragmento del monólogo) Acto III, escena I
 
 Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro.
Morir: dormir,nada más.
Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable.
Morir, dormir: dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia.
Pues, ¿quién soportaría los azotes e injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal?
¿Quién lleva esas cargas, gimiendo y sudando bajo el peso
de esta vida, si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes que huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes,
el color natural de nuestro ánimo
se mustia con el pálido matiz del pensamiento,
y empresas de gran peso y entidad
por tal motivo se desvían de su curso
y ya no son acción.

William Shakespeare
 
 
 
JAMLET

 

En realidad se llamaba Amelio Letona Mateo, pero todos en el pueblo, y desde que era pequeño, le llamaban, en una adaptación “perfecta” al idioma, “el Jamlet”. En extraña pirueta de su nombre con el primer apellido. Algo que él aceptó, desde siempre, sin más profundidades.

Amelio, “el Jamlet” no había conocido otro mundo que el rural, representado por su pueblo. Una humilde aldea, construída en la hondonada de un verde y precioso valle del norte.

Vivía del pastoreo como tantos otros, pero Amelio desarrolló una característica a la que estaba abocado por su mote. Y esa cualidad se llamaba; Shakespeare.

Sí, han leído bien. William Shakespeare. Y como no podía ser de otro modo, se enamoró de una de sus obras; Hamlet. Pero eso será más adelante. Volvamos de nuevo a la aldea.

Las buenas gentes del pueblo se acostumbraron a verlo, desde pequeño, con un libro de imágenes de animales en las manos.

De hecho, el único libro que tenía, pero que gustaba de leer - o encontrar algo nuevo escudriñando en sus imágenes -, cuando estaba con las ovejas, sentado sobre cualquier risco, y dejando que la hermosa naturaleza, fuera el marco incomparable de su lectura.

En la escuela del pueblo fue un chico travieso y poco aplicado, para el que estar sentado en clase, atendiendo al profesor, era un verdadero suplicio, y uno de los peores momentos del día.
En cambio, era poseedor de una memoria prodigiosa que le servía para memorizar los temas y aprobar los exámenes sin retener mucho los conceptos. Excepto  cuando tocaba literatura... y leer.

Sobre todo se esforzaba por no leer como un papagayo.

Leía bien. Muy bien. Empleando los tiempos adecuados y las cadencias correctas. Lo que le representó, en muchas ocasiones, que don Anselmo, el cura, un hombre de mediana edad e infinita paciencia, lo llamara para leer algún pasaje bíblico en misa y también, en tardes que se le hacían larguísimas, el Santo Rosario a las beatas del pueblo.

Un día, don Anselmo, le trajo un regalo de la capital por su catorce cumpleaños. Envuelto en papel de colorines y un lazo acogiéndolo por sus cuatro costados.

Amelio, con sus grandes y espabilados ojos, miro primero el paquete, y luego al cura.

-        ¿Es para mí?

Don Anselmo asintió en silencio con una sonrisa, mientras se quitaba la casulla.

Estaban en la sacristía de la iglesia. La misa había terminado con un Amelio vestido todavía de monaguillo, con faldón rojo y estola inmaculadamente blanca, punteada de encaje. Su mediana estatura, le hacía parecer más niño.

Con sumo cuidado, deshizo el lazo y abrió, con exasperante lentitud, el paquete, sin romper el papel, y extendiéndolo con las manos encima de la mesa. Lo que le permitió descubrir lo más bonito que había visto en su vida.
 
Lo cogió con delicadeza y medio hipnotizado, leyó la única palabra que estaba grabada en la cubierta de piel, con letras doradas; “HAMLET”. Y un poco más abajo; “del dramaturgo WILLIAM SHAKESPEARE”

Sin decir palabra, y sin retirar la vista, volvió a releer el título… “Hamlet”. Mientras lo acariciaba con su mano y lentamente ascendía la mirada emocionado, hasta encontrarse con la de don Anselmo, quien sonreía satisfecho.

-        Qué bonito!!

Y añadió en voz baja.

-        Me gusta porque se llama como yo.

-        Así es. En realidad, tú te llamas como él.

Y le contó, a grandes rasgos y como si fuera a un adulto, los valores de la amistad y la desgracia, que merodeaban en la obra. Amelio mientras lo escuchaba, seguía acariciando la cubierta y los nervios del lomo, que lo embellecían.

De camino de vuelta hacia su casa, se encontró con varios amigos, que le pidieron de jugar con ellos. Y él, apretando el paso y el libro, negó, excusándose en el yantar de los conejos.

Su viuda madre estaba en la cocina y apenas le dio tiempo a preguntar nada tras el beso obligado de llegada.

-        ¿Todo bien hijo?

-        De maravilla, mamá. Voy al corral a ver las gallinas!

Su madre meneó la cabeza comprensiva sonriendo. Aquél era uno de los sitios favoritos de su hijo, sentado en el suelo entre gallinas y conejos.

Amelio se sentó, y depositando con cuidado el libro entre sus piernas, lo abrió despacio y comenzó a leer. La letra capitular del inicio, le mantenía como hipnotizado por su hermosura. Y las que la seguían, le parecieron las más bellas palabras que se podían expresar.

Palabras que aprendía y recitaba luego a su madre o al señor cura, quienes lo atendían con dulzura, y también con la santa paciencia de lo ya escuchado.

Pasaron los años y cumplió treinta. Su madre,  ya no estaba. Y  él, se había convertido en un próspero ganadero y agricultor de la zona.

Trabajador y ahorrador como el que más. Sólo se le conocía un amor; Shakespeare. Y sobre todo; Hamlet.

Llegó a ser tanta su pasión, que llegó a memorizarlo casi al pie de la letra. Incluso, en una ironía consciente, llamó a su casa, “el lar de Jamlet”

Por supuesto era su libro de cabecera. Y de él aprendió a discernir entre amistad y traición.

Don Anselmo, el cura, gustaba de escuchar pasajes en la voz del muchacho. Tanto, que un día en la capital, lo apuntó a un festival que sobre el autor, organizaba una asociación shakesperiana.

Amelio causó furor con su perfecta dicción del famoso monologo y su emotiva transmisión de las inmortales palabras. Tanto, que los aplausos de los asistentes, puestos en pie, consiguieron asomar el rubor a sus mejillas.

Y aquél día, Amelio, recibió su segundo gran y mejor regalo de su vida. La novela en piel de ”Romeo y Julieta”. Y no lo fue por la obra imperecedera, que ya albergaba en su casa junto a otros títulos del dramaturgo inglés, y que poco a poco había ido adquiriendo. Lo fue por la preciosa joven, perteneciente a la asociación literaria que había convocado el evento, y que con sus preciosos ojos verdes, cautivó de inmediato su corazón, al entregarle el libro por su participación.

La boda se celebró entre el jolgorio de sus amigos, y la timidez arrebolada de amor de los contrayentes.

Y por las noches, junto al fuego,  ella gustaba que le leyera pasajes de Romeo y Julieta, o de cualquier otra obra, que escuchaba extasiada con adoración hacia su amado, al transportarla a otros universos.

La vida les premió con cuatro hijos maravillosos, y largos años de convivencia, en salud y amor.

Hasta que un día, y tras dura enfermedad, ella notó la tristeza de la marcha inmediata.

-        No te preocupes, amor mío. He sido feliz, y ésta es sólo una pausa en el camino, hasta que volvamos a encontrarnos.

Pidió un beso de partida, y le entregó su último aliento.

Lo devolvieron a la tierra y el escultor colocó sobre la losa, una pequeña imagen en alabastro, representando un libro abierto, con una inscripción.

Su esposa, sus hijos y sus amigos, acuden una vez al año, donde descansa Amelio, y allí, de pie, recitan pasajes de Hamlet en su honor. Sin olvidar el monologo que da inicio a éste relato, y que aquél buen hombre, sabía transmitir con emoción a quien le quisiera escuchar.

En las páginas del marmóreo libro, divididas por una perfumada rosa roja, que nunca falta, puede leerse;

“Ser o no ser. Amelio Letona Mateo... Fue”



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