RELATO
No soy dueño de mí mismo,
ni voy donde a mí me agrada.
Atado llevo el deseo,
al filo de tu mirada.
Salvador Rueda
PECADO
Mis pasos me llevaban sin remisión, como en castigo, a su lado. Quería evitarlo, pero no podía en la batalla perdida de antemano del deseo.
Sabía que la tentación de su carne, sería mi destrucción. Pero no me importaba, nunca me había sentido así y no quería evitarlo.
La bruma de la calle marcaba su silueta, la de mis sueños, mientras que los sentidos, invadían los recuerdos de sus lascivos pechos solazando aún mis manos, en la permitida ofensa. Cinco días sin sentir la mirada sensual que me atormentaba, a la par que me complacía en mis recientes soledades.
El abatimiento por la angustiosa ausencia de la dorada piel de su cuerpo entre mis dedos, me impedía pensar en nada que no fuera ella.
La boca la sentía seca y vacía de vida, emitiendo palabras subyugantes que se transformaban en extraños sonidos, al no encontrar su destino, en los oídos para las que eran pronunciadas.
Llamé a la puerta. La respiración ahogada. Y me abrieron sus transparencias, alterando mi renunciada hombría.
El pecado de su sonrisa me invitó a penetrar a la estancia en penumbra, mientras que un fuerte olor a incienso avivó mis instintos frente a la coherencia debatida y ya derrotada.
Me olvidé del mundo al sentir sus manos en mi cuello. Y mi cuerpo, a través del roce de sus labios de seda, comenzó a disfrutar del néctar del goce de la pasión prohibida, recreando su recuerdo húmedo.
Fue entonces cuando las campanadas de la Iglesia dieron, en penitencia, las ocho. Cerré los ojos, ausentándome del tiempo, y dejando, que mis bajezas, invadieran el voto de castidad encerrado en mi mente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario