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UN MEDICO Y DOS CAFES

Relato

RELATO VAMPIRICO

Dedicado a Dimitris, Alexandros y otros muchos que sucumbieron a la iniquidad financiera y política.

Tu padre, jornalero no vocacional de los tiempos difíciles. De cuando las espaldas eran anchas y se utilizaban para algo más que para sostener la desidia diaria de la convivencia.
De sol a sol, que era lo que costaban tus estudios en la ciudad. Médico querías ser. De los de bata blanca y estetoscopio al cuello como señal de identidad.

Y a la mujer de tu padre; honrada madre de casa y ama de familia se le escapaban las emociones en lágrimas cuando relataba en la plaza del pueblo, junto al lavadero, que su hijo, iba para médico en la ciudad. Y sonreía satisfecha cuando el corrillo cuchicheaba a sus espaldas conforme se alejaba. Con la maledicencia del que envidia no ser el criticado en ese caso.

Médico dijiste. Lo decidiste un día viendo en el videoclub al Clooney y cómo se llevaba de calle a las féminas ardorosas del comentario y de los sueños imposibles. Lo viste como la llave de la puerta a nuevos espacios por vivir en otros mundos lejos del fiemo y el tractor al que estabas abocado irremediablemente.

Y un buen día; lo fuiste; medicina general, ponía. Y fueron pasando los años…

Tu madre ya no iba a los corrillos. Ahora salía con una tal demencia. Cada día más amigas.

Las espaldas a tu padre se le volvieron enjutas y corvadas. Y la piel arrugada se convirtió en laca de la calavera intuída. Con ojillos asomados todavía en su inocencia al mundo, alojados en las cuevas de sus cada vez más profundas cuencas.

CON LA MALEDICENCIA DEL QUE
ENVIDIA NO SER EL CRITICADO

Triunfaste en la profesión, con el premio del reconocimiento de los enfermos y el respeto de tus compañeros en el Gran Hospital del Estado.
Dos hijos alborotaron tu vida como remanso de paz y oasis al duro oficio elegido; ayudar a los demás. Sanar y calmar el dolor.

Y en ese grupo de los demás, un día -cual Sinuhé - apareció tu Nefer. Solo que en ésta ocasión se llamaba Gonzalo. Menos sensual pero igual de perseverante. Casi misma edad, inquietud por medrar y comercial bancario. Afable y parlanchín. Seductor embaucador convincente de ilusiones. Y de cómo lograrlas.

Informante del beneficio fácil y de las inversiones seguras que relanzarían tu vida socialmente. Le dijiste que tenías ahorros. Y la jodiste.

Fueron dos cafés, y un mal momento con azúcar, en que le creíste. Como muchos.

Cambiaste el piso necesario y sopesado del esfuerzo y el sudor por el innecesario de urbanización con la piscina de la relevancia. La que todos quieren y pocos usan, pero farda.

Y para tus quince días de vacaciones, apartamento en la playa para que pudieras decir que tenías. En primera línea, claro. Antes en hotel, servidos y con la cama hecha. Qué despropósito ¡con lo bonito que es comprar en el selfservice y guisar!!

Que a tu mujer no le gustara la arena de la playa ni supiera nadar, no tenía importancia. Doce años ya. Primero cuarenta, luego apenas veinte días al año. Cansa ir al mismo sitio. Pero farda.

Aquello mejoró tu status y hasta parecías mejor médico. Debías de serlo si presumías así.

Por supuesto, cambio de coche incluído. Erais cuatro y el de cinco plazas resultaba ya pequeño.

Seguro de vida y el de jubilación por si acaso. Seguros de todo tipo menos contra la credulidad. La tuya.

Te lo hicieron creer… y lo creíste. Te crearon la necesidad de ser alguien en un mundo de nadies. Tus ingresos eran suficientes y seguros.

Y te entrampaste hasta las cejas en el engaño de la cuota milenaria y las inversiones de lo etéreo.

Comenzaste a mirar por encima del hombro otras espaldas cada vez más constreñidas por el agotamiento. Y tu consulta privada dio lugar a la progresión del envilecimiento y el egocentrismo.

Nada parecía dar final a aquella fantasía hecha realidad. Y pasaron cosas en el mundo mundial que te parecieron ajenas y obviaste.

Por ello el nombre de Leman lo asociaste a un actor protagonista de una película de terror. La más horrorosa; la tuya. Por eso cuando la película se estrenó, ya no tenías dinero para las entradas. Ni salidas al deterioro.

Recortaron turnos y extras. Los pacientes se transformaron en impacientes sociales. Y lo que era orgullo y altivez se convirtió en fragilidad y negación personal.

De pronto te acordaste de tu amigo. Aquél hijo de puta al que ahora hacías responsable de todos tus males.

Y volvisteis a quedar, pero ésta vez sin cafés. En su despacho del mérito.

Y un güaltrapa facineroso transformado en bandolero consentido, embutido en un Pierre Cardín de los de a mil doscientos, te contemplaba con desprecio, desde la altura de su competencia incompetente recompensada a la lealtad deshonrosa.

Tú; médico y menesteroso de su piedad. El; güaltrapa y autocomplaciente en su poder casi dictatorial.

¡¡No existían dudas sobre quién había triunfado en la vida!!

El acuerdo se firmó ante Notario, gastos incluídos de estudio, tasación, novación, subrogación y un regalo de comunión que tenía el director en Agosto.

Se firmó en un personal al 7%, con suelo, sin techo, sin ganas y sin escrúpulos.

Y así regruesaste tu dolor, tu impotencia y la hipoteca. Con la esperanza albergada de que aquello , en un temprano día, alguien lo detuviera.

Los telediarios comenzaron a ser tu Biblia y la Prensa servil, tu bosque en el que hurgar el remedio a tu desesperación.

Y hasta la banca incívica comenzó a tambalearse como otras empresas privadas. Pero con la diferencia de que para éstas, había dinero para ayudarlas. Para eso tenían entre sus filas, infiltrados, a muchos de los votados.

Pero todo el mundo estaba en tu contra, empeñado en oscurecer el horizonte cargándolo de nubes negras y feas. Crisis, más crisis, cierres, paro y políticos sin vergüenza que seguían diciendo que todo iba bien.

Y YA NO PUEDES MAS

Llegas a casa, y contemplas a tus hijos sin futuro, y a ti, en el espejo cruel, sin presente.
Hoy eres noticia sin presencia. Personaje de apertura de la actualidad bochornosa y sangrienta.

Has ido de nuevo al banco. Desesperado, humillado. Soportando la mezquindad del desprecio y las sonrisas, acompañadas de ojos lastimeros, de quienes veían pasar la sombra de tu última derrota.

Tu bisturí sólo ha rozado a Gonzalo. En cambio, los disparos del guardia de seguridad han sido certeros en la agonía de tu vida.

El bancario ha dicho a la prensa que eras un pobre hombre. Que sólo te conocía de verte por la oficina. Y que el ataque lo comprendía desde la ofuscación que producía la situación actual. Con un par.

No estés preocupado por ellos. Subastarán tus bienes, y lo que falte lo meterán en pérdidas. Sólo es dinero y beneficios.

Tu mujer, nunca lo supiste, sigue en la cafetería a la que iba a fregar en los últimos tiempos para ayudar en los pequeños gastos que tu pensabas se pagaban solos.

Y tu casa se la quedaron unos subasteros, amigos del banco, que lograron un espléndido negocio. A tu costa y tu salud. Como en un mal brindis con esos falsos amigos del despropósito, el engaño y la humillación.

A tu funeral han ido pocos. Cuatro gatos que se dice. Faltaban los fulanos de la vanidad. Pero estaban compensados por los de siempre; los de la lucha por la vida cuando fue preciso. Los que estuvieron siempre a tu lado, sin verte a ti en el suyo. Cuatro gatos.

Los otros, los cuervos, excusaron su ausencia porque estaban ocupados en otras carroñas.

El cura ha dicho que fuiste un buen padre y esposo. Y que Dios te ha perdonado. Tú lo sabrás.

Hoy tu mujer ha vuelto a ver a Gonzalo en la cafetería. Estaba en la barra seductor y parlanchín. Como siempre. Con un fulano de los de palmada cheposa y comentario halagadoramente incierto.

Lo ha visto sonriente, muy sonriente. Tomaban... dos cafés.


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