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ANTOÑITO Y EL FUTBOL

Relato

 

SU PRIMER PARTIDO



Aquel día lucía el sol como si quisiera compartir la jornada deportiva, que en unos momentos, se iba a celebrar en el santuario de la ciudad; el gran campo de futbol.

Antoñito, ocho años, estaba alborozado, y lleno de ilusión por todo lo que veía. Una multitud de mayores haciendo sonar unas extrañas trompetas y gritando y riendo sin parar. Era la primera vez que acompañaba a su padre a ver un partido de futbol. Su inocente mirada se fijó en un muchacho que llevaba una camiseta distinta a la que le había regalado su padre. La de su equipo de siempre. Le sonrió y el otro niño le sacó la lengua despectivo. Antoñito le dijo a su padre

- Ese niño me ha sacado la lengua…

- No te preocupes hijo –respondió sonriendo -, no ves que es del otro equipo? Saben que van a perder y ya está nervioso.

- ¿Y cómo sabes tú que vamos a ganar? Quién te lo ha dicho?

- Nadie, Antoñito. Esas cosas se saben.

La cara del niño era todo un poema ¿quién le contaba a su padre esos secretos? Levantó la cabeza y miró orgulloso a su progenitor. Un empujón le volvió a la realidad.

- Ves con cuidado!! – oyó decir a su padre -, casi tiras a mi hijo, desgraciado!!

Un joven pintarrajeado como un sioux, se disculpó con un gesto de las manos;

- Lo siento.

- Anda Antoñito, vamos a la fila, que ya van a abrir las puertas.

Y cogiendo de la mano a su hijo, se acercaron hasta la fila que les llevaría a la entrada del gran templo.

De repente, la voz emocionada del niño, obligó a mirarlo.

- ¡Mira, papá; caballos!!

- Claro, hijo. Son policías para vigilar a la gente.

- Qué chulos ¿y a quién vigilan?

- A la gente

- A los malos?

- No exactamente – contestó mientras avanzaban medio paso en la fila.

- Entonces… ¿a quién, papá?

- Pues… - pensó levemente la respuesta -, a aquellos que hagan cosas malas por aquí.

- Ya.

El niño volvió a mirar los caballos, que se acercaban despacio hasta ellos. Miró a los policías uniformados. Le parecieron guerreros de los que salían en las películas.

- ¿Puedo tocar un caballo, papá?

- No hijo, no puedes.

- ¿Por qué?

- Porque te puede decir algo el policía.

El niño miró a su padre, luego al caballo y a continuación al policía. En ese momento escuchó la voz de su padre;

- ¡Hola Manolo!! A ver que hacen éstos hoy.

Aprovechando que su padre le había soltado la mano para hablar con su amigo, y moviéndose en pasitos cortos, cubrió los apenas cuatro metros que le separaban para llegar hasta la cabeza del caballo negro con pintas que lo tenía obnubilado. Miró al policía, quién sin prestarle atención, vigilaba a la muchedumbre.

Antoñito volvió a mirar al caballo;

- ¿Cómo te llamas? Le preguntó muy bajito.

Ante la falta de respuesta, y volviendo la cabeza para ver a su padre, volvió a preguntarle

- ¿Cómo te llamas? Yo; Antonio, pero todos me llaman Antoñito.

El caballo relinchó, moviendo la cabeza a ambos lados y contestando la pregunta con algo que le pareció repugnante al niño. Pasó su mano por aquello que parecían mocos.

- Eres un marrano!! – le dijo enseñando su mano.

La voz en alto del policía le obligó a levantar la cabeza

- Donde están tus padres?

Antoñito miró su mano pringosa, y señaló a su padre con la otra mano.

El policía lo miró y le dijo

- Ponte a mi lado - y se acercó despacio hasta donde le señalaba el niño.

- ¿Es suyo éste niño?

El padre, sobresaltado, afirmó inconscientemente con la cabeza.

- Pues vaya con cuidado. Es muy pequeño para que lo deje solo por ahí.

Saludó y se fue despacio hacia otra zona. El padre miró a Antoñito con ojos encendidos.

- ¿Se puede saber que has hecho?

Antoñito iba a contestar, cuando su padre enérgicamente le cogió de la mano.

- Ven aquí, que no sé que… te… voy …a hacer.

Antoñito, apretó los labios, porque imaginaba que lo que había dejado en la mano de su padre no le iba a gustar.

- Antoñito!! ¿qué es esto? Preguntó mostrando su mano chorreante de un líquido que parecía gelatina.

- Babas de caballo – respondió sin levantar la vista del suelo. Notaba que sus piernas estaban prestas a correr si hacía el caso, pero no fue necesario. Su padre sacó un pañuelo, y sin soltarle de la mano, siguió conversando con su amigo.

La fila iba avanzando lentamente, cuando de repente, un autobús lleno de colores, paró casi enfrente de ellos y comenzaron a bajar unos chicos a los que reconoció por los periódicos que le enseñaba su padre. La gente se volvia loca gritando, y ellos, con las bolsas de deporte al hombro, cruzaron como una exhalación hacia el interior del recinto.

Un muchacho rubio, al que las chicas no dejaban de nombrar, gritando a pleno pulmón su nombre, pasó por su lado, alborotándole el cabello y guiñándole un ojo.

Ante la muestra de afecto, el niño gritó;

- ¡Hola!!!!

El joven futbolista, paró en seco y se volvió sonriente. Se acercó de nuevo hacia él y le preguntó;

- ¿Cómo te llamas?

- Antoñito ¿y tú?

El padre seguía la escena un tanto alucinado.

- De Angelo

- Mucho gusto – le dijo dándole la mano, que el joven estrechó sonriente. Aquello le habían enseñado que era de buena educación y quería que su padre estuviera contento ¡su padre!!... lo señaló con el dedo, sin soltarle la mano, y dijo…

- Es mi padre.

El joven, con un cortés saludo, estrechó la mano que le tendía ahora el padre, y alborotando de nuevo el cabello del niño, alcanzó a sus compañeros.

- ¿sabes quién es? – preguntó el padre

- De Angelo – le confirmo todo serio.

- Uno de los más grandes futbolistas que existen. Muy grande hijo mío.

Antoñito miro a su padre y se encogió de hombros. A él no le había parecido tan alto.

La fila ya se acercaba a la entrada donde un hombre iba cogiendo las entradas y dejaba pasar ordenadamente a la gente. Cuando ya estuvieron dentro escuchó de nuevo a su padre.

- Anda, Antoñito, que iremos primero al baño y así ya no tendremos que salir luego.

- No tengo ganas, papá

- Da igual!! Haces y ya está.

- Pero si no tengo ganas… - contestó el niño poniendo morritos.

- Mira hijo, no se trata de que quieras o no. Tienes que hacer ahora, porque así, si luego tuvieras ganas, ya no las tendrás porque te las quitas ahora para luego ¿entiendes?

El niño negó con la cabeza repetidamente.

- Bueno, da igual. Haces y ya está.

- ¿Por qué?

- Porque lo digo yo, y vale.

Aquello ya lo había escuchado antes y sabía que era el fin de la conversación. Agachó la cabeza cogió de nuevo la mano de su padre y entró en un hervidero de gente que le asustó un poco.

- ¿Todos vienen a hacer pis? - preguntó mirando a su padre

- Sí, hijo. Todos.

Antoñito observaba cómo detrás de cada uno de los que estaban a sus quehaceres, había otros dos esperando. Se volvió a su izquierda y se dio cuenta de que tenía a su lado a otro niño, con la misma cara de resignación.

- ¿Tú quieres hacer pis? - le preguntó bajito y directamente, con esa soltura que sólo tienen los niños.

El otro negó con la cabeza.

- Yo tampoco.

- Venga Antoñito, te toca. Ponte ahí.

Antoñito se encontró delante de una cosa blanca que le llegaba al pecho. Miró a izquierda y derecha y luego a su padre.

- No llego.

Su padre, que ya terminaba, lo cogió por la cintura, y le conminó;

- Venga, haz!!

Antoñito se encontraba en una situación incómoda; flotando en el aire; apretado por los costados por su padre; las piernas colgando y el pito en la mano intentando acertar al cacharro aquél. Hizo lo que pudo. Miró a su derecha y sin querer vio lo que tenía un muchacho a su lado que estaba haciendo lo mismo. Luego miró lo suyo y, asombrado, ya no se atrevió a mirar más.

- Ya está, papá. Bájame.

Así lo hizo, y subiéndose la cremallera del pantalón, salieron de aquel antro que olía a todo, menos a perfume.

Respiró cuando subieron las escaleras que les llevarían hasta las gradas donde tenían los asientos. Su padre compró dos almohadillas y se sentaron.

La vista desde allí era espectacular. Estaban en uno de los laterales, en la zona central y Antoñito estaba impresionado por lo enorme que le parecía todo aquello. El ruido era ensordecedor. Todos gritaban, reían y estaban como nerviosos. La música sonaba por los altavoces y todo aquello, en su conjunto, mantenía hipnotizado al niño.

De repente se oyó un estruendo y toda la gente se levantó, dejando a Antoñito rodeado de cuerpos que le impedían ver nada. Se mantuvo quieto, hasta escuchar la voz de su padre

- Ya salen!!

Mientras, los altavoces nombraban a los jugadores y todo el gentío estallaba en una explosión de júbilo al escucharlos.

Se mantuvo sentado, hasta escuchar uno de aquellos nombres.

- De Angelo!! - sonó por el altavoz.

Se levantó como un resorte, pidiendo a su padre que le aupara. Cuando lo reconoció, se le alegraron los ojos y la sonrisa de niño.

- Es él, papá!! Es él!!

- Tranquilo, hijo. ¡¡Claro que es él!! Le contestó, sonriente y dejándolo en el suelo, para que se sentara; cosa que los demás. comenzaron a hacer también, dejando de nuevo la visibilidad disponible para el niño.

Al cabo de unos minutos, se oyeron otros nombres, pero ésta vez, eran abucheos al nombramiento de cada uno de ellos. Antoñito miraba a su padre asombrado de lo fuerte que sabía silbar. Nunca hubiera imaginado que supiera hacer aquello. Ni Adrián el de su clase, pitaba así. Y mira que sabía pitar el Adrián!!

Al poco, comenzó el partido. Cuando se acercaban a una de las porterías, la gente decía Huuuyyyyy!! Y cuando se acercaban a la otra, también decían Huuuuyyyyy!! Con lo cual dedujo Antoñito que aquello preocupaba a la gente cuando sucedía. Así que él, cuando veía que se acercaban a una de ellas, gritaba también; Huuuyyyy!!

Por eso, cuando su padre le sonrió y le dio un beso, pensó que aquello le iba a gustar. Podría gritar sin que nadie le reprendiera. Un buen invento!!

Sacó el paquete de palomitas que le había dado su madre. Y metiéndose un puñado en la boca; gritó a todo pulmón;

- ¡¡¡¡ Cfooorre, Dfe Anffelo!! Y metreless un groooool !!!!!!

Nunca olvidaría aquella tarde en la que, junto a su padre, descubrió que los mayores tienen días, en los que vuelven a convertirse en niños.



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